Penelope estaba vacía. Se encontró desinflada, descubrió que hasta el último cachito de sí había sido robado, extirpado; por alguien más que otra vez había sentido la confianza como permiso para recortar y pegar, y jugar a hacer collages de sus sentimientos e instintos.
Ahora sí que todo parecía una actuación, una postura deforme, un cigarrillo que se quemaba lento en su mano, y la incertidumbre que ardía en pecho.
No más palabras, pensó. Más misterio, tal vez. Para no dejar llegar adentro, al primero que penetre el cuerpo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario